Artículo "Música, coherencia sistémica y regulación psicofisiológica", de Miguel Ángel Gago y Marc Serra. 23.2.2026
- 23 feb
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DEDICATORIA
Nos honra especialmente dedicar este trabajo a nuestro querido maestro en Neuromúsica el Dr. Jordi Ángel Jauset, cuya última obra, Sonidos para tu bienestar: La ciencia del sonido para la mente y el cuerpo, acaba de ser publicada en febrero de 2026. La cual forma parte de más de 20 publicadas por este gran músico, investigador, docente y divulgador, la mayoría propias, y algunas, escritas en colaboración.
También la dedicamos a nuestras respectivas familias, así como a nuestros compañeros de Psico Neuro-Música Consulting , Emma plana y Sonia Sánchez, y al claustro de profesores del Máster de Neurociencia de la Música, del que formamos parte, que se imparte en la Universidad de Lleida (2025-2026), y está dirigido por el profesor Jordi Ángel Jauset y coordinado por el profesor Antoni Tolmos.
Es un privilegio estar en el equipo de Psico Neuro-Música Consulting y en la Universidad de Lleida.
MÚSICA, COHERENCIA SISTÉMICA Y REGULACIÓN PSICOFISIOLÓGICA: UNA PERSPECTIVA BASADA EN ENERGÍA, INFORMACIÓN Y PROCESAMIENTO PREDICTIVO
RESUMEN
La música se entiende como una forma de energía acústica que transporta información estructurada en el tiempo, capaz de interactuar con los sistemas biológicos. Desde una perspectiva sistémica, los organismos vivos se conciben como sistemas dinámicos que mantienen su organización mediante la regulación continua de sus procesos internos. En este contexto, la música puede actuar como un modulador de la coherencia sistémica, al influir tanto en las dinámicas oscilatorias del organismo como en la organización temporal de la información.
A nivel vibratorio, la música interactúa con las oscilaciones biológicas favoreciendo procesos de resonancia y sincronización; a nivel informacional, genera patrones predecibles que permiten la formación de expectativas y la reducción del error de predicción, en línea con los modelos del cerebro predictivo.
El presente trabajo propone un marco conceptual que integra aportaciones de la teoría de sistemas, la neurociencia y el procesamiento predictivo para comprender el papel de la música en la regulación psicofisiológica. Este enfoque permite considerar la música como un modulador multiescalar capaz de favorecer procesos de integración funcional y coherencia en el organismo.
PALABRAS CLAVE
Música; coherencia sistémica; regulación psicofisiológica; oscilaciones biológicas; procesamiento predictivo; autoorganización.
INTRODUCCIÓN
La comprensión del organismo como un sistema dinámico abierto, capaz de autoorganizarse y regular sus procesos internos, constituye un eje central en la biología contemporánea. Desde la teoría de sistemas y la neurociencia actual, los organismos vivos se entienden como sistemas que mantienen su organización mediante la interacción continua de energía, información y procesos de regulación.
En este contexto, la música se considera no solo como un fenómeno cultural, sino como una forma de energía acústica que transporta información estructurada en el tiempo, capaz de interactuar con los sistemas biológicos. Su carácter temporal y relacional favorece la interacción con las dinámicas del organismo, promoviendo procesos de sincronización, integración y regulación funcional.
El objetivo de este trabajo es analizar el papel de la música como modulador de la coherencia sistémica del organismo, integrando aportaciones de la teoría de sistemas, la neurociencia y los modelos del procesamiento predictivo. Se propone un marco conceptual que permita comprender cómo la organización temporal de la información musical favorece procesos de regulación psicofisiológica.
1. EL ORDEN COMO PRINCIPIO FUNDAMENTAL PARA COMPRENDER LA EVOLUCIÓN DEL UNIVERSO, EL SURGIMIENTO DE LA VIDA Y LA ORGANIZACIÓN DE LOS SISTEMAS ORGÁNICOS COMPLEJOS.
Para abordar el papel de la música en la regulación del organismo, resulta necesario considerar el concepto de orden como un principio fundamental presente en los sistemas naturales.
1.1 Concepto de Orden: De Grecia a la Física Moderna.
1.1.1 Aristóteles y la filosofía clásica en Grecia.
Para Aristóteles, el orden implicaba forma, finalidad y jerarquía. Esto significa que la realidad no se concebía como un conjunto azaroso de elementos, sino como una estructura organizada, en la que cada entidad posee una forma propia (eidos), cumple una finalidad específica (telos) y ocupa un lugar jerárquico dentro de un todo coherente. El orden, por tanto, para él, no era accidental, sino constitutivo del ser y condición de su inteligibilidad.
Desde esta perspectiva, el orden fue entendido como una propiedad del ser, expresada en la noción de cosmos, en contraposición al caos. El caos se entendía como indeterminación, ausencia de forma y falta de organización. El cosmos representaba un mundo estructurado, armónico y regido por principios racionales que podían ser conocidos.
1.1.2 Marco: física newtoniana.
Posteriormente, en el marco de la física newtoniana, el orden se asoció a la regularidad determinista, la linealidad causal y la previsibilidad de los fenómenos naturales. El universo fue concebido como un sistema mecánico gobernado por leyes fijas, en el que el conocimiento de las condiciones iniciales permitía anticipar con precisión la evolución del sistema.
1.1.3 Marco: física actual.
Hoy, desde la física cuántica, la termodinámica del no equilibrio y la ciencia de los sistemas complejos, esta concepción se amplía y se reformula. El orden ya no se entiende únicamente como regularidad estática o determinismo estricto, sino como la emergencia de estructuras organizadas que, lejos de mantenerse de forma permanente, se sostienen mediante dinámicas de equilibrio inestable, el intercambio continuo de energía e información y procesos de autoorganización.
En este marco, el orden aparece como un fenómeno dinámico, relacional y contextual, fundamental para comprender la evolución del universo, el surgimiento de la vida y la organización de los sistemas orgánicos complejos.
1.2 La necesidad de orden.
No es una excepción biológica, sino un principio universal que se expresa progresivamente en el cosmos, la vida, la evolución y la regulación fisiológica.
¡Vivir es resistir inteligentemente la entropía!
1.2.1 El orden cosmológico.
1.2.1.1 Surgimiento del orden cosmológico.
Según el modelo cosmológico predominante, conocido como el Modelo Estándar, se acepta que el Big Bang tuvo lugar hace entre 13.700 y 13.800 millones de años.
Aproximadamente 200 segundos después de este evento inicial, cuando el universo se había enfriado lo suficiente para permitir la estabilidad nuclear, tuvo lugar la denominada nucleosíntesis primordial. Durante este proceso se formaron los primeros núcleos atómicos, comenzando por el deuterio (hidrógeno pesado), que actuó como intermediario esencial para la síntesis posterior de helio-3 y helio-4, junto con pequeñas trazas de litio y berilio. Estos elementos, correspondientes a los números atómicos del 1 al 4, constituyen la base material inicial del orden químico del universo, a partir de la cual pudieron desarrollarse estructuras cada vez más complejas (Planck Collaboration, 2018).
Este primer orden nuclear fue seguido, unos 380.000 años después, por la época de recombinación, en la que electrones y protones se combinaron para formar átomos neutros, lo que permitió que el universo se volviera transparente a la radiación y que la luz se propagara libremente.
Posteriormente, bajo la acción de la gravedad, las ligeras fluctuaciones de densidad dieron lugar a la formación de las primeras estrellas y galaxias, estableciendo un orden gravitacional a gran escala. En el interior de las estrellas, la nucleosíntesis estelar permitió la generación progresiva de elementos químicos más pesados, como carbono, oxígeno, nitrógeno, fósforo y hierro, esenciales para la química de la vida.
De este modo, el orden cósmico se entiende como un proceso dinámico y evolutivo en el que, a partir de condiciones iniciales simples, emergen sucesivos niveles de organización que preparan el camino para la aparición de sistemas químicos, biológicos y, finalmente, de la vida (COSMOS/Swinburne, s. f.).
1.2.1.2 Desarrollos contemporáneos sobre orden cósmico.
En desarrollos contemporáneos sobre el orden cósmico, han surgido propuestas que interpretan la evolución del universo no solo como una sucesión de eventos físicos aislados, sino como un proceso global de autoorganización. En este contexto se sitúa el planteamiento del universo como una red compleja, con analogías funcionales con sistemas biológicos y cognitivos.
El psicólogo y neurocientífico Bobby Azarian, en su obra The Romance of Reality (2022), plantea una reinterpretación del paradigma cosmológico clásico al cuestionar la concepción del universo como un accidente carente de organización. Según Azarian, el universo se entiende como un sistema autoorganizado en el que la complejidad emerge progresivamente a partir de interacciones locales regidas por leyes físicas, sin necesidad de recurrir a principios sobrenaturales o finalismos externos.
Este enfoque se apoya en investigaciones recientes que señalan similitudes estructurales entre la red cósmica de galaxias y la organización de redes neuronales, tanto en términos de conectividad como de distribución jerárquica de nodos. Azarian se basa, entre otros, en los trabajos del astrofísico Franco Vazza y del neurocientífico Alberto Feletti, quienes han comparado cuantitativamente la red galáctica a gran escala con la arquitectura del cerebro humano, así como en las propuestas del físico teórico Vitaly Vanchurin, que interpreta el universo como un sistema de dinámica informacional con propiedades emergentes (Vazza & Feletti, 2020).
Azarian también recoge reflexiones críticas procedentes de la física fundamental, como las de la física teórica Sabine Hossenfelder, para subrayar que estas analogías no implican que el universo “piense” en sentido literal, sino que exhibe patrones de organización, aprendizaje estadístico y adaptación comparables, en términos formales, a los observados en sistemas complejos como los cerebros o las redes neuronales artificiales.
Desde esta perspectiva, el orden cósmico no se concibe como un diseño previo ni como una estructura estática, sino como un proceso emergente, en el que la interacción continua entre energía, materia e información genera niveles crecientes de complejidad: desde la nucleosíntesis primordial y la formación de átomos, hasta las estrellas, galaxias, sistemas químicos, vida y, finalmente, sistemas cognitivos. El universo aparece, así como un sistema dinámico adaptativo, cuyo orden surge de sus propias leyes internas y de su evolución histórica (U.S. Department of Energy, s. f.).
1.2.2 El orden en el surgimiento de la vida.
1.2.2.1 Orden progresivo y papel del azar.
Aunque el surgimiento de la vida en la Tierra no puede observarse directamente y solo puede reconstruirse a partir de evidencias indirectas y modelos teóricos, la ciencia contemporánea coincide en un punto fundamental: el orden biológico no aparece de forma súbita, sino que emerge progresivamente a través de una serie de transiciones fisicoquímicas.
Tras la formación de la Tierra y su enfriamiento progresivo —proceso que culminó hace aproximadamente 4.200 millones de años—, se establecieron las condiciones necesarias para la aparición de sistemas químicos cada vez más organizados. La transformación de la atmósfera primitiva, la disminución del bombardeo meteorítico y la disponibilidad de fuentes energéticas (térmicas, químicas y eléctricas) permitieron la emergencia de procesos lejos del equilibrio, condición indispensable para la autoorganización.
En este contexto, el azar desempeña un papel real, pero no exclusivo. Los eventos aleatorios —como mutaciones, combinaciones moleculares o fluctuaciones
ambientales— actúan dentro de un marco de constricciones fisicoquímicas que canalizan las posibilidades hacia configuraciones más estables y funcionales. El orden, por tanto, no es lo contrario del azar, sino su resultado cuando opera bajo reglas, límites y retroalimentaciones.
1.2.2.2 Del azar químico al orden funcional.
Las distintas teorías sobre el origen de la vida —sopa prebiótica, fuentes hidrotermales, mundo del ARN, protocélulas, superficies minerales, aportes exógenos— no deben entenderse como hipótesis excluyentes, sino como escenarios complementarios que describen distintos niveles del proceso de ordenación.
La evidencia actual sugiere que el orden comienza a emerger cuando se dan simultáneamente tres condiciones:
· Flujos de energía constantes (geotérmicos, químicos, redox, radiación).
· Moléculas capaces de almacenar y procesar información (ARN o pre-ARN).
· Compartimentación (protocélulas, vesículas lipídicas), que permite separar un “interior” de un “exterior”. Es en este punto cuando el sistema deja de ser solo químico y pasa a ser proto-biológico: aparecen ciclos auto catalíticos, memoria molecular, variación heredable y selección. Aquí nace el orden biológico propiamente dicho.
1.2.2.3 El experimento de Lenski (1988–presente): contingencia dentro del orden.
El experimento de evolución a largo plazo de Richard Lenski, desarrollado junto con Zachary Blount y colaboradores, utilizando poblaciones de Escherichia coli, ilustra con claridad la interacción entre azar, contingencia histórica y orden sistémico: la mutación que permitió a un único linaje metabolizar citrato en presencia de oxígeno fue un evento aleatorio; sin embargo, solo pudo consolidarse evolutivamente porque ocurrió dentro de un sistema biológico ya altamente organizado, caracterizado por: un metabolismo funcional estable, mecanismos eficientes de replicación y herencia y un entorno experimental constante que permitió la selección diferencial.
1.2.3 El orden en la evolución
En el contexto de la evolución biológica, el orden no equivale a progreso lineal ni a diseño previo, sino a la emergencia y estabilización de organizaciones funcionales que aumentan la capacidad de los sistemas vivos para persistir, adaptarse y reproducirse en entornos cambiantes
La evolución opera mediante la interacción de dos dinámicas complementarias:
· Variación contingente, generada por procesos en gran medida aleatorios (mutaciones, recombinación genética, deriva genética).
· Selección y constricción sistémica, que filtran esas variaciones en función de su impacto sobre la viabilidad, la eficiencia funcional y la coherencia del sistema.
Desde esta perspectiva, el orden evolutivo no se opone al azar, sino que emerge de él cuando actúa bajo condiciones estructurales y ambientales específicas. El azar introduce diversidad; el orden surge cuando determinadas configuraciones se estabilizan y se heredan porque resultan funcionales, ya que se adaptan mejor a ese entorno cambiante.
“Las variaciones favorables tenderán a preservarse, y las desfavorables a ser destruidas. A este principio de conservación lo he llamado la selección natural” (Darwin, 1859)
A lo largo de la evolución, este proceso ha dado lugar a un aumento de la complejidad organizada, reflejado en la aparición de nuevos niveles de integración, desde moléculas autorreplicantes y células hasta organismos pluricelulares, sistemas nerviosos y redes sociales.
Cada transición evolutiva puede entenderse como un salto de orden, en el que se reorganizan las relaciones entre los componentes y emergen nuevas propiedades sistémicas.
En este sentido, el orden en la evolución es histórico, contingente y relacional. No sigue una dirección predeterminada ni persigue una finalidad externa, pero sí muestra trayectorias de organización creciente, condicionadas por la interacción entre energía, información, entorno y memoria biológica. La evolución, así entendida, es un proceso de construcción continua de orden funcional, siempre provisional y abierto, en equilibrio dinámico con las fuerzas del desorden.
1.3 Orden biológico.
1.3.1. Concepto
En biología, el orden no se entiende como rigidez ni como equilibrio estático, sino como un estado dinámico de organización funcional que permite a los sistemas vivos mantener su identidad, adaptarse al entorno y sostener la vida.
1.3.2 Características del orden biológico
Este orden biológico se caracteriza por:
· Organización jerárquica: los sistemas vivos presentan niveles de organización (moléculas, células, tejidos, órganos, sistemas y organismo) en los que cada nivel emerge del anterior y mantiene relaciones funcionales con los demás. El orden no reside solo en las partes, sino en las relaciones entre ellas.
· Orden dinámico y no equilibrio: a diferencia de los sistemas físicos simples, los organismos vivos existen en estados alejados del equilibrio termodinámico. El orden se mantiene mediante un flujo continuo de energía y materia, lo que permite compensar la tendencia natural al desorden (entropía).
· Autoorganización: el orden biológico no es impuesto desde el exterior, sino que emerge de la interacción local entre componentes siguiendo reglas internas. Esto significa que no hay un control central externo, no hay una instrucción directa que diga al sistema “ordénate así”, pues el orden emerge de las interacciones internas del sistema. Eso no excluye que el entorno influya, ya que, de hecho, todo sistema vivo necesita un entorno para autoorganizarse. Nota
¿Podría el principio de autoorganización sin control externo contradecir el papel de la música como impulsora de la coherencia energético-informacional del organismo?
No, en absoluto.
La música adecuada puede entenderse como una forma de energía vibratoria estructurada que transporta información temporal organizada, así como señales rítmicas y relacionales. En este sentido, no “ordena” directamente el sistema, sino que modula las condiciones en las que este opera, influyendo sobre sus dinámicas oscilatorias, reduciendo el ruido interno, ajustando fases y favoreciendo la sincronización entre subsistemas, sobreponiendo y acoplando frecuencias entre el organismo y esta, lo que facilita la organización y la coherencia funcional del organismo.
La coherencia es mayor cuando las vibraciones se ajustan a las oscilaciones corporales y la información resulta legible, resonante, predecible y emocionalmente significativa.
Este planteamiento es coherente con la noción de autopoiesis (Maturana & Varela, 1980) y con los modelos del cerebro predictivo, que describen al sistema nervioso como un sistema orientado a minimizar el error de predicción mediante la integración de la información (Friston, 2010; Clark, 2013). Así, la música no impone orden desde el exterior, sino que facilita procesos internos de ajuste, sincronización y coherencia.
Nozaradan et al. (2014); Tierney y Kraus (2015); Weineck et al. (2022).
· Funcionalidad y finalidad biológica: el orden en biología está íntimamente ligado a la función. Las estructuras están organizadas de manera que posibilitan procesos esenciales como el metabolismo, la reproducción, la reparación y la adaptación evolutiva. No se trata de finalidad metafísica, sino de funcionalidad seleccionada evolutivamente.
· Regulación y control: los sistemas vivos sostienen su orden mediante mecanismos de regulación (homeostasis y alostasis) que ajustan continuamente sus variables internas en respuesta a cambios internos y externos.
· Información como principio organizador: el orden biológico depende del almacenamiento, transmisión y procesamiento de información (genética, epigenética, celular y sistémica), que guía la construcción, mantenimiento y reorganización del sistema vivo.
1.3.3 Organización y autopoiesis en los sistemas vivos.
Desde la biología del conocimiento, Humberto Maturana y Francisco Varela introducen el concepto de autopoiesis para definir la organización propia de los sistemas vivos. Un sistema autopoiético es aquel que se produce y mantiene a sí mismo a través de una red de procesos que generan continuamente sus propios componentes y relaciones, conservando su identidad a lo largo del tiempo (Maturana & Varela, 1980).
En este marco, lo característico de los seres vivos no es únicamente su estructura material, sino su organización, entendida como el conjunto de relaciones que define al sistema como unidad. Mientras que la estructura puede cambiar, dicha organización debe conservarse para que el sistema mantenga su identidad. La vida, por tanto, no se define por sus componentes, sino por la dinámica relacional que los integra.
La autopoiesis implica que el orden biológico no es impuesto desde el exterior, sino que se genera internamente a partir de la propia dinámica del sistema. Los sistemas vivos son, en este sentido, operacionalmente cerrados, aunque estructuralmente acoplados a su entorno: intercambian energía, materia e información con el medio, pero la organización resultante es propia del sistema y depende de su historia y de su estructura.
Desde esta perspectiva, la autoorganización biológica puede entenderse como un proceso continuo de conservación de la organización frente a las perturbaciones del entorno. El sistema no responde de manera pasiva, sino que selecciona y transforma las influencias externas en función de su organización interna. Así, el orden biológico se configura como un fenómeno emergente, relacional y dependiente del propio sistema.
La comprensión del orden como un proceso dinámico y emergente permite abordar a los organismos vivos como sistemas complejos que mantienen su organización mediante la regulación continua de sus dinámicas internas, lo que resulta clave para comprender su funcionamiento sistémico.
2. LOS SISTEMAS Y EL ORDEN SISTÉMICO.
2.1 ¿Qué es un sistema?
Un sistema es un conjunto de elementos o partes relacionados entre sí que interactúan para cumplir un objetivo o función común. Así, por ejemplo, el cosmos, el sistema solar, el clima, las plantas, las colonias de insectos sociales. También el cuerpo humano, sus células, los distintos sistemas que alberga, como el nervioso, el entérico o el cardiovascular y, órganos, como el cerebro, el corazón y los intestinos.
2.2 Complejidad y sistemas.
La complejidad y los sistemas están muy conectados: cuando un sistema tiene muchos elementos que interactúan entre sí, aparece la complejidad.
En la naturaleza no existe un fenómeno único de complejidad, pues hay una amplia variedad de sistemas vivos y no vivos, de manera que la complejidad se puede manifestar de diferentes maneras.
2.3 Sistémica biológica-corporal humana
Los sistemas biológicos como el de nuestro cuerpo, son extremadamente complejos.
2.3.1 Características del sistema corporal.
En el cuerpo humano, que está compuesto por múltiples elementos, se pueden destacar las siguientes características.
· Los componentes sistémicos se integran, entrelazan, interactúan y retroalimentan interdependientemente entre sí con un fin u objetivo la supervivencia y reproducción como especie. “La finalidad del todo es clave”.
· “El todo” no equivale a la suma de las actividades de las partes, pues de su interacciones surgen “propiedades emergentes” que cada una de las partes, por sí solas, no podrán alcanzar.
· Para poder funcionar bien se requiere una autoorganización sistémica que genere “orden”, que permita ajustarse a las transformaciones del entorno, constantemente cambiante. Este orden se traduce en:
o Adecuada Coordinación funcional entre los componentes del sistema.
o Relaciones armónicas y dinámicas entre las partes.
o Capacidad de regulación y ajuste frente a cambios internos y externos.
o Mantenimiento de la coherencia del todo, aun en condiciones variables.
La creación de orden sistémico está relacionada con la capacidad sistémica de
autoorganizarse y regular sus flujos de “energía e información” para generar
entropía negativa (negentropía) frente a la inexorable tendencia física al desorden (entropía positiva), que se corresponde con la segunda ley de la termodinámica, la cual establece que la entropía tiende a aumentar en los sistemas, y que solo en los sistemas abiertos este aumento puede ser contrarrestado temporalmente mediante el intercambio continuo de energía e información con el entorno.
Para adaptarse a los cambios en el entorno y su ecosistema, evitando el caos, el cuerpo y los sistemas que lo integran, “oscilan” estacionaria y dinámicamente entre el desorden (entropía positiva) y la creación de orden (entropía negativa).
En los sistemas biológicos, la vida no se define por un estado de equilibrio, sino por una dinámica permanente de cambio entre orden y desorden. Mientras el sistema está vivo, mantiene su organización gracias a la regulación continua de los “flujos de energía e información”, generando entropía negativa que le permite adaptarse a un entorno cambiante.
2.3.2 Sistemas, funcionamiento: ¿Qué debemos entender aquí por energía e información?
Siguiendo y aplicando ideas de Dan Siegel en The Developing Mind: How Relationships and the Brain Interact to Shape Who We Are (2012) y Pocket Guide to Interpersonal Neurobiology: An Integrative Handbook of the Mind. (2012), llegamos a las siguientes conclusiones:
· La energía, en términos funcionales, se define como la capacidad de generar y sostener flujos dinámicos que permiten la organización, el cambio y la adaptación de los sistemas. Estos flujos facilitan la autoorganización, la integración funcional de sus componentes y la adaptación continua al entorno.
· La información es “patrones de energía” (energía estructurada, con forma). La forma “adecuada y pertinente” de la información, reduce la entropía positiva (desorden), caracterizado por ruido, dispersión, desarmonía y pérdida de forma anti-concierto, anti-coherencia.
· La información, si es adecuada, es “negentrópica” fomenta la armonía.
Desde esta perspectiva, los sistemas biológicos pueden entenderse como sistemas inferenciales que procesan información con el objetivo de reducir la incertidumbre sobre sus estados internos y externos.
2.3.3 El cerebro predictivo y la minimización de la incertidumbre.
Desde una perspectiva contemporánea de la neurociencia y la teoría de sistemas, los organismos vivos —y especialmente el cerebro— pueden entenderse como sistemas inferenciales que procesan continuamente información con el objetivo de mantener su organización y adaptarse al entorno.
En este contexto se sitúa el principio de energía libre, propuesto por Friston (2010), según el cual los sistemas biológicos tienden a minimizar la incertidumbre sobre sus estados internos y externos. Esta minimización no implica la eliminación del cambio o de la novedad, sino la regulación de la discrepancia entre lo que el sistema espera y lo que realmente percibe.
El cerebro no se limita a reaccionar pasivamente a los estímulos, sino que construye de manera activa modelos internos del entorno, generando predicciones sobre los eventos que van a ocurrir. La percepción, desde esta perspectiva, no es una copia del mundo externo, sino el resultado de un proceso continuo de inferencia en el que se comparan las predicciones internas con la información sensorial entrante.
La diferencia entre lo esperado y lo percibido se denomina error de predicción. Este error no es un fallo del sistema, sino una señal fundamental que permite actualizar los modelos internos y mejorar la adaptación al entorno. De este modo, el sistema reduce progresivamente la incertidumbre, ajustando tanto su actividad interna como su comportamiento.
La regulación del organismo puede entenderse, por tanto, como un proceso continuo de minimización del error de predicción, en el que intervienen mecanismos tanto bottom- up (información sensorial ascendente) como top-down (predicciones descendentes). Este equilibrio dinámico permite al sistema mantener su coherencia funcional sin necesidad de un control externo centralizado, siendo coherente con los principios de autoorganización descritos previamente.
Desde esta perspectiva, la información adquiere un papel central en la organización biológica. No se trata únicamente de la transmisión de señales, sino de la capacidad del sistema para estructurar, interpretar y anticipar patrones de energía en el tiempo. La información que resulta predecible, estructurada y significativa facilita la reducción de la incertidumbre y favorece estados de estabilidad dinámica, mientras que la información caótica o impredecible incrementa el error de predicción y puede generar desorganización funcional.
Así, el orden biológico no puede entenderse únicamente en términos energéticos o estructurales, sino también como un fenómeno informacional y predictivo, en el que la
coherencia del sistema depende de su capacidad para anticipar, integrar y regular las dinámicas internas y externas.
Este enfoque permite comprender la autoorganización de los sistemas vivos como un proceso activo de construcción de modelos del mundo, en el que la vida se sostiene mediante la continua reducción de la incertidumbre y la adaptación a un entorno cambiante para minimizar la incertidumbre y mantener la coherencia funcional.
2.3.4 Sistema cuerpo-mente en combinación con el ecosistema que lo rodea. Componentes energéticos como la música, el yoga y la meditación impactan al sistema cuerpo-mente permitiendo la regulación de la energía y la información sistémica.
2.3.5 La muerte de un sistema.
La muerte de un sistema puede entenderse como la pérdida de su capacidad de autoorganización, caracterizada por el cese de las interacciones funcionales entre sus componentes y la interrupción de los procesos de retroalimentación. En estas condiciones, el sistema deja de mantener su organización como un todo integrado y sus dinámicas pasan a reflejar procesos de desorganización asociados al aumento de la entropía.
Así, la muerte no representa simplemente el fin de las partes, sino la disolución del sistema como unidad organizada, confirmando que la complejidad y la vida dependen de la interacción, la emergencia y la regulación constante de energía e información, y no de la simple existencia de sus componentes.
2.3.6 Desorden funcional sistémico: Las enfermedades y trastornos psicofisiológicos.
La enfermedad y los distintos trastornos pueden entenderse como desórdenes funcionales del sistema que comprometen su capacidad de autorregulación y adaptación, y que requieren ser compensados o restablecidos mediante mecanismos homeostáticos y/o alostáticos. Desde esta perspectiva, resulta fundamental abordar el organismo como un sistema integrado, atendiendo tanto a su funcionamiento global como a los cambios funcionales de sus distintos componentes, dado que las alteraciones en una parte pueden modificar las interacciones sistémicas y afectar al conjunto.
En este sentido, los trastornos fisiológicos, mentales y psicosomáticos no se conciben como fenómenos aislados, sino como expresiones de alteraciones en las relaciones dinámicas entre los subsistemas biológicos, psicológicos y relacionales que sostienen el equilibrio funcional del organismo.
Desde un enfoque funcional, cada componente influye en el desempeño del conjunto, y este, a su vez, condiciona el funcionamiento de cada una de sus partes.
En este marco, los sistemas vivos pueden entenderse como sistemas dinámicos orientados a la regulación de la incertidumbre mediante la integración de energía e información.
En este sentido, la música se considera un estímulo externo capaz de interactuar con estas dinámicas, modulando la organización temporal de la información y favoreciendo procesos de sincronización, integración y coherencia funcional en el organismo.
3. LA MÚSICA COMO MODULADORA Y FACILITADORA DEL ORDEN SISTÉMICO CORPORAL
3.1 La música como energía vibratoria que transmite información.
Desde el punto de vista del marco del cerebro predictivo, la música adquiere una relevancia especial como forma de información estructurada en el tiempo.
La música organiza la información en patrones temporales, regulares y jerárquicos, generando expectativas sobre su desarrollo y permitiendo al sistema anticipar los eventos sonoros. En términos del principio de energía libre (Friston, 2010), este proceso facilita la reducción del error de predicción mediante la comparación entre lo esperado y lo percibido.
De este modo, la música no solo estimula el sistema, sino que interactúa con sus modelos internos, favoreciendo la sincronización entre procesos neuronales, fisiológicos y emocionales, y promoviendo estados de coherencia funcional. La eficacia de la música dependerá, por tanto, de su capacidad para ajustarse al modelo predictivo del individuo, resultando suficientemente predecible para ser integrada, pero también lo bastante variable para mantener la adaptación y el aprendizaje.
3.1.1 Vibraciones musicales, oscilaciones orgánicas, energía e información.
Desde una perspectiva sistémica, la música puede entenderse como una forma de energía acústica organizada que transporta información temporal, estructural y relacional, capaz de interactuar con los sistemas biológicos y modular sus dinámicas oscilatorias*. Esta modulación se manifiesta en la organización de la actividad fisiológica, el ajuste de fases y amplitudes, y la facilitación de procesos de sincronización entre los distintos subsistemas del organismo.
(*) Las oscilaciones orgánicas no constituyen “energías invisibles” ni fenómenos de carácter esotérico, sino propiedades dinámicas, físicas, funcionales, distribuidas y medibles en los sistemas biológicos.
Cuando la música resulta adecuada para la persona —en función de su estado, contexto y características individuales—, favorece la coordinación de la energía, la información y la acción en el tiempo, lo que puede traducirse en estados de coherencia psicofisiológica y organización funcional del organismo.
El organismo funciona como un sistema dinámico basado en oscilaciones que regulan continuamente los procesos de organización interna. Esta dinámica permite sostener procesos de creación de orden en interacción constante con la tendencia hacia el aumento de la entropía, entendida como dispersión de la energía y pérdida de organización estructural.
Las vibraciones musicales alcanzan el organismo en forma de ondas mecánicas que se propagan a través del aire u otros medios materiales. Estas ondas se caracterizan por variables físicas como la frecuencia (Hz), asociada a la altura; la amplitud, relacionada con la intensidad; y la forma de onda, vinculada al timbre. Al entrar en contacto con el cuerpo, estas vibraciones se transmiten a través de la piel, los huesos, los tejidos y las cavidades corporales, induciendo respuestas mecánicas y fisiológicas en los sistemas biológicos.
Dado que el organismo funciona como un sistema oscilatorio, la interacción con la música puede generar respuestas resonantes en función de la correspondencia entre los patrones vibratorios externos y las dinámicas internas del sistema. Este fenómeno se manifiesta en distintos niveles de organización, incluyendo tejidos corporales y sistemas como el nervioso, el cardiovascular y el digestivo.
Las vibraciones musicales transmiten energía acústica al sistema y pueden inducir resonancias corporales específicas. Este proceso responde a principios físicos de sistemas resonantes y no implica mecanismos de naturaleza mística. Sin embargo, la coherencia derivada de la estimulación vibratoria es fundamentalmente fisiológica, de tipo bottom- up/ top-down, y se relaciona con el procesamiento cognitivo y emocional. Y, el grado de influencia depende de la intensidad y frecuencia del estímulo, siendo de carácter transitorio, ya que tiende a desaparecer cuando cesa la estimulación externa.
La coherencia profunda, organizadora y potencialmente duradera que puede generar la música depende no solo de su componente energético, sino de la información que transporta. Esta se organiza en patrones temporales, relaciones estructurales y significado emocional que generan expectativas en el sistema. En este sentido, la música interactúa con los mecanismos predictivos del cerebro, modulando el error de predicción
—la discrepancia entre lo esperado y lo percibido—, en línea con los modelos del cerebro predictivo (Friston, 2010; Clark, 2013). Este proceso favorece la integración de la
información, la sincronización entre subsistemas y la emergencia de estados de coherencia funcional más estables en el organismo.
En este sentido, la música influye sobre distintos niveles de organización biológica, incluyendo redes de integración sistémica que abarcan el sistema nervioso central y periférico, así como otros sistemas corporales como el cardiovascular, el endocrino, el entérico y el inmunológico. Asimismo, modula la actividad de redes y metarredes cerebrales implicadas en procesos cognitivos, emocionales y de autorregulación, incluyendo estructuras del sistema límbico y paralímbico, fundamentales en la integración entre emoción, memoria y respuesta fisiológica.
En este contexto, puede distinguirse entre dos niveles de coherencia. Por un lado, una coherencia de base vibratoria, dependiente de la resonancia física entre las oscilaciones musicales y las biológicas, de carácter fundamentalmente fisiológico, bottom-up y transitorio. Por otro lado, una coherencia de carácter informacional, más profunda y estable, vinculada a la organización temporal de la información, la generación de expectativas y la reducción del error de predicción, que integra procesos fisiológicos, cognitivos y emocionales. Esta segunda forma de coherencia implica la interacción entre mecanismos bottom-up y top-down, favoreciendo una organización más duradera del sistema.
3.1.2 Transmisión de la información musical.
La información musical no se transmite de manera abstracta, sino a través de parámetros musicales específicos que actúan sobre las oscilaciones en distintos niveles de los sistemas corporales, incluyendo el sistema nervioso y el cerebro.
3.1.3 Tipos y subtipos de oscilaciones orgánicas que puede modular la música.
· Oscilaciones neuronales en poblaciones neuronales modulares y en redes y metarredes: Buzsáki & Draguhn, 2004; Fries, 2015; Singer, 2018)
o Potenciales eléctrico, electroquímico y metabólicos:
§ De membrana (en reposo). (Kandel et al., 2021; Purves et al., 2018)
§ Potenciales graduados (antes del potencial de acción): potenciales postsinápticos excitadores (EPSP) y potenciales postsinápticos inhibidores (IPSP). (Bear, Connors & Paradiso, 2020; Koch, 1999)
§ Potencial de acción (evento dinámico químico- eléctrico). (Hodgkin & Huxley, 1952; Johnston & Wu, 1995)
§ Potenciales electroquímicos iónicos dentro de la neurona (Na⁺, K⁺, Ca²⁺, Cl⁻). (Hille, 2001; Bean, 2007)
§ Potencial metabólico neuronal: sustentación de gradientes iónicos (fatiga neuronal, fallos de disparo, plasticidad). (Attwell & Laughlin, 2001; Harris et al., 2012)
§ Potencial sináptico-químico (liberación de neurotransmisores, activación de receptores ionotrópicos y metabotrópicos, cascadas intracelulares. (Kandel et al., 2021; Südhof, 2013)
§ Potencial plástico: cambios en la eficacia sináptica, modificación de receptores y alteración de la expresión génica). (Bliss & Lømo, 1973; Malenka & Bear, 2004; Fields, 2005)
§ Potencial bioeléctrico estructural. (Levin, 2014; McCaig, Rajnicek, Song & Zhao, 2005)
o Funcionamiento cerebral en red
§ Interacción entre neuronas excitadoras e inhibidoras. Isaacson & Scanziani, 2011):
§ Bucles de retroalimentación. (Douglas & Martin, 2004; Bastos et al., 2012)
§ Sinapsis. (Sanes & Lichtman, 1999; Südhof, 2018)
§ Coordinación y sincronización en la comunicación de redes. (Varela et al., 2001; Fries, 2015; Sporns, 2018)
Se traduce en buen funcionamiento orgánico a nivel molecular, celular y sistémico.
· Oscilaciones cardíacas:
o Intervalo entre latidos (R–R). (Task Force of the European Society of Cardiology, 1996)
o Variabilidad de la frecuencia cardíaca (HRV). (Thayer & Lane, 2009; Shaffer & Ginsberg, 2017; Bernardi et al., 2006)
Se traduce en salud cardiovascular y emocional.
· Oscilaciones respiratorias:
o Ritmo y profundidad respiratoria. (Jerath et al., 2006; Lehrer & Gevirtz, 2014)
Se traducen en acoplamiento al sistema nervioso autónomo, regulación parasimpática en casos de ansiedad, angustia, depresión y estrés. (Porges, 2011; Brown & Gerbarg, 2005)
· Oscilaciones motoras:
o Actividad muscular. (Kelso, 1995; Jäncke, 2008)
o Control postural. (Schmit et al., 2005; Woollacott & Shumway-Cook, 2002)
o Ritmos del movimiento. (Thaut et al., 1999; Grahn & Brett, 2007)
· Oscilaciones autonómicas y hormonales.
o Liberación hormonal (cortisol, melatonina…). (Chanda & Levitin, 2013; Thoma et al., 2013; Khalfa et al., 2003)
o Se traduce en regulación pulsátil y mejor funcionamiento endocrino.
3.1.4 Actuación moduladora de los distintos elementos musicales
En conjunto, los elementos musicales no actúan de forma aislada, sino como un sistema organizado de energía vibratoria que transmite información capaz de modular la actividad fisiológica, emocional, cognitiva y motora. La música, entendida así, opera como un agente regulador, facilitando la autoorganización y la integración funcional de los sistemas vivos. (Jauset, 2018; Siegel, 2012; Thaut, 2005; Koelsch, 2014)
A continuación, se detallan los principales elementos musicales relevantes:
· Ritmo: constituye uno de los organizadores fundamentales de la experiencia musical. Proporciona una estructura temporal que facilita la sincronización entre estímulos externos y procesos internos del organismo.
El ritmo supone la variabilidad del pulso, y se ordena jerárquicamente a través del compás. Aspectos internos del ritmo como los acentos y los patrones de repetición inciden en nuestra dinámica biológica.
A nivel sistémico, el ritmo actúa como un marco de orden dinámico, favoreciendo fenómenos de acoplamiento entre la música y los ritmos biológicos (respiración,
marcha, atención, activación neuronal). (Jauset, 2008; Thaut et al., 1999; Large & Jones, 1999; Patel, 2014)
· Pulso: es la regularidad básica subyacente al ritmo. Funciona como un referente temporal estable, permitiendo la anticipación y la coordinación de la actividad motora y cognitiva. En términos energéticos, el pulso transmite información periódica que facilita la organización del sistema nervioso, especialmente en contextos de desregulación. (Jauset, 2010; Large, 2008; Grahn & Brett, 2007; Thaut, 2005)
· Tempo: el tempo determina la velocidad del flujo musical. Su variación influye directamente en el nivel de activación fisiológica, modulando la respuesta del sistema nervioso autónomo. Tempos lentos tienden a asociarse con estados de relajación y regulación, mientras que tempos rápidos incrementan la activación y la atención. (Jauset, 2013; Bernardi et al., 2006; Iwanaga et al., 2005; Gómez & Danuser, 2007)
· Intensidad (dinámica): la intensidad sonora se relaciona con la cantidad de energía acústica transmitida. Las variaciones dinámicas aportan información sobre la estructura temporal de tensión y liberación, lo que influye en la respuesta emocional y fisiológica. Cambios bruscos o sostenidos de intensidad pueden activar respuestas de alerta, mientras que las dinámicas suaves favorecen procesos de regulación fisiológica. (Jauset, 2018; Bradley & Lang, 2000; Juslin & Västfjäll, 2008; Koelsch, 2014)
· Frecuencia y altura: la frecuencia de las vibraciones sonoras (percibida como altura) aporta información espectral que interactúa con la percepción auditiva y con respuestas corporales diferenciadas. Las combinaciones de frecuencias contribuyen a la organización armónica del estímulo, influyendo en la experiencia emocional y cognitiva. (Jauset, 2008; Zatorre et al., 2002; Patel, 2008; Koelsch, 2011)
· Timbre: el timbre permite distinguir entre distintas fuentes sonoras y transporta información cualitativa compleja. Desde una perspectiva sistémica, el timbre actúa como un marcador identitario del sonido, facilitando procesos de reconocimiento, memoria y respuesta emocional. (Jauset, 2016; McAdams & Giordano, 2009; Samson et al., 2011; Koelsch, 2014)
· Estructura musical: la organización global de la música (repetición, variación, desarrollo y procesos cadenciales) transmite información sobre continuidad, previsibilidad y cambio. Esta estructura favorece procesos de anticipación y adaptación, fundamentales para la autorregulación del sistema. (Jauset, 2013; Huron, 2006; Meyer, 1956; Pearce, 2018)
3.2 Demostración de la música como impulsora de la coherencia energético- informacional del organismo.
Existen múltiples investigaciones que demuestran los efectos de la música adecuada sobre la coherencia energético funcional del organismo y el refuerzo de los mecanismos de homeostasis y alostasis, propios de la vida; así en los diferentes sistemas orgánicos y órganos y estructuras varias:
3.2.1 Sistema Nervioso, órganos / estructuras.
· Cerebro (redes corticales y subcorticales: emoción, memoria, control ejecutivo).
Las intervenciones musicales se asocian a activación y reorganización de redes cerebrales implicadas en regulación emocional, memoria y funciones ejecutivas, observadas mediante neuroimagen funcional y medidas de conectividad (Mulia, 2026; Bleibel & El Cheikh, 2023; Wu, 2025).
· Corteza cerebral y conectividad funcional.
Cambios en la actividad cortical y en la conectividad funcional medidos mediante fNIRS y otros métodos se han observado tras musicoterapia, especialmente en contextos de ansiedad y regulación emocional (Liang, 2025).
· Sistemas implicados en salud mental (depresión, ansiedad, anhedonia).
Revisiones basadas en mecanismos integran evidencia sobre el impacto de la música en circuitos límbicos y prefrontales, con efectos clínicos sobre síntomas depresivos y ansiosos (Noda, 2025).
· Demencias (incluido Alzheimer).
o Hipocampo y redes de memoria/atención. Metaanálisis y revisiones de ensayos controlados aleatorizados indican beneficios de la musicoterapia sobre funciones cognitivas en Alzheimer y deterioro cognitivo, particularmente memoria, atención y evocación autobiográfica (Bleibel & El Cheikh, 2023; Lyu, 2025).
o Redes cerebrales implicadas en conducta y afecto: En demencia, la música muestra efectos positivos sobre síntomas neuropsiquiátricos (agitación, depresión, ansiedad) y calidad de vida, con influencia de la dosis terapéutica (duración y frecuencia) (Zhang, 2023; Dem, 2024).
· Trastorno del Espectro Autista (TEA).
o Redes socio-comunicativas: la musicoterapia impacta en redes auditivas, emocionales y sociales, favoreciendo la integración audio-emocional y la
comunicación social. Metaanálisis recientes reportan eficacia en niños con TEA (Wu, 2025).
o Resultados clínicos en TEA: revisiones sistemáticas describen mejoras potenciales en interacción social y comunicación, moduladas por tipo de intervención y contexto terapéutico (Alayidh et al., 2025).
· Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH).
o Redes de atención y control ejecutivo.
o Intervenciones basadas en música y movimiento se asocian a cambios en síntomas de inatención e impulsividad, así como en correlatos neurofisiológicos (EEG), especialmente en población infantil (Lee et al., 2024).
o Evidencia agregada en TDAH: Revisiones sistemáticas y metaanálisis muestran una tendencia a la mejoría sintomática con musicoterapia, aunque con elevada heterogeneidad metodológica entre estudios (de Oliveira Goes et al., 2025).
3.2.2 Sistema Nervioso motor, órganos/ estructuras.
· Enfermedad de Parkinson.
o Ganglios basales y circuitos motor-temporales: ensayos controlados aleatorizados sobre estimulación auditiva rítmica (RAS) basada en música, muestran mejoras significativas en marcha, ritmo y coordinación en Parkinson (Porciuncula et al., 2025).
o Redes motoras y dispositivos de apoyo: estudios recientes evalúan RAS mediante dispositivos wearables, observando efectos positivos sobre el movimiento y la funcionalidad motora en trastornos neurológicos, incluido Parkinson (Scataglini et al., 2025).
o Neurologic Music Therapy: revisiones sintetizan la evidencia sobre el uso de musicoterapia neurológica y estimulación auditiva rítmica (RAS) en Parkinson y otros trastornos del movimiento (Li et al., 2025).
3.2.3 Sistema nervioso autónomo (SNA), órganos / estructuras (función autonómica).
· Circuitos simpático–parasimpáticos.
o La música modula la actividad autonómica, evaluada mediante variabilidad de la frecuencia cardiaca (HRV) y signos vitales, actuando sobre la regulación del estrés y la respuesta psicofisiológica (Marsman, 2024; Dem, 2024; Saskovets et al., 2025).
o En TEA, TDAH y demencias, parte de los efectos conductuales y emocionales observados se interpretan como mediados por esta regulación autonómica, aunque no siempre se mida HRV de forma directa.
3.2.4 Sistema cardiovascular, órganos.
· Corazón: la música influye en frecuencia cardiaca y variabilidad de la frecuencia cardíaca (HRV), con efectos modulados por tempo, género musical y preferencias individuales (Marsman, 2024).
· Sistema vascular: revisiones clínicas recogen cambios en presión arterial y parámetros hemodinámicos asociados a intervenciones musicales (Papathanassoglou, 2024).
3.2.5 Sistema endocrino y respuesta al estrés, órganos / estructuras
· Eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal (HPA): evidencia de regulación de cortisol mediante música y sonido, especialmente en contextos clínicos y en población con demencia (Papathanassoglou, 2024; Dem, 2024).
· Biomarcadores de estrés: estudios en demencia y cuidados institucionales muestran cambios en cortisol y alfa-amilasa con música individualizada (Hillebrand, 2024; Rasing, 2025).
3.2.6 Sistema inmune e inflamatorio, órganos / estructuras y marcadores.
· Inflamación sistémica: revisiones en inmunología describen modulación de citocinas proinflamatorias (p. ej., IL-6) asociada a intervenciones musicales (Fu, 2025).
· Inflamación postoperatoria y oncológica: estudios clínicos reportan reducción de marcadores de estrés e inflamación, así como mejoras emocionales y del dolor (Liu, 2024; Lin, 2025).
3.2.7 Sistema somatosensorial y del dolor, órganos / estructuras.
· Redes moduladoras del dolor: la música influye en circuitos cerebro-médula implicados en la percepción del dolor, reduciendo dolor percibido, necesidades de sedación y mejorando sueño (Papathanassoglou, 2024).
· Dolor clínico específico: evidencia en UCI (pacientes quemados), dolor crónico y enfermedades reumáticas apoya efectos analgésicos complementarios de la musicoterapia (Córdoba-Silva, 2024; Bouden, 2025).
3.2.8 Sistema respiratorio, órganos.
· Pulmones y patrón respiratorio: los efectos de la música sobre la respiración se evalúan principalmente a través de signos vitales (frecuencia respiratoria, saturación), especialmente en entornos de cuidados intensivos (Beltrán, 2025).
3.2.9 Sistema reproductor y obstétrico, órganos
· Útero / embarazo: Los ensayos muestran que la música puede modular el estrés materno y la regulación autonómica durante el embarazo de alto riesgo (Teckenberg-Jansson, 2019).
3.3 Síntesis conceptual
Desde la perspectiva desarrollada, la música puede entenderse como un modulador de la coherencia sistémica que actúa sobre los sistemas vivos mediante la organización de la energía y la información en el tiempo. A nivel vibratorio, interactúa con las oscilaciones biológicas favoreciendo procesos de resonancia y sincronización; a nivel informacional, organiza patrones temporales que generan expectativas y contribuyen a la reducción del error de predicción.
En este sentido, la coherencia sistémica no es impuesta desde el exterior, sino que emerge de la interacción entre la estructura musical y la organización interna del sistema. La música facilita procesos de autoorganización, promoviendo la integración funcional entre subsistemas y contribuyendo a estados de regulación psicofisiológica.
De este modo, la eficacia de la música depende de su capacidad para ajustarse a las dinámicas del organismo, resultando suficientemente predecible para ser integrada y lo bastante flexible para permitir la adaptación. La coherencia se entiende, así como el resultado de un proceso dinámico en el que convergen energía, información y predicción, dando lugar a estados funcionales más estables y adaptativos en el sistema vivo.
4. MÚSICA Y MUSICOTERAPIA DESDE UNA PERSPECTIVA SISTÉMICA, INDIVIDUAL Y CONTEXTUAL
Desde la perspectiva sistémica desarrollada, la música y la musicoterapia no pueden entenderse como intervenciones uniformes ni como estímulos estandarizados con efectos idénticos en todas las personas. Cada individuo constituye un sistema biológico, psicológico y social singular, con una historia propia, una organización interna específica, necesidades diferenciadas, estados funcionales cambiantes y una particular forma de procesar la energía y la información.
“La musicoterapia comprende hasta 40 ámbitos de intervención” (Serra, 2022).
En este sentido, la música no actúa imponiendo orden desde el exterior, sino interactuando con la organización preexistente del sistema y modulando sus dinámicas internas en función de su estado, su vulnerabilidad, su capacidad adaptativa y su
contexto. Una misma estructura musical puede favorecer la regulación en un individuo y resultar neutra o incluso desestabilizadora en otro, dependiendo de variables como el estado neurofisiológico, el perfil emocional, la historia personal, los trastornos o enfermedades presentes y el momento vital concreto.
La musicoterapia, entendida como una intervención no farmacológica y generalmente complementaria a otros abordajes terapéuticos, se sitúa en este nivel de complejidad. Su objetivo no es producir efectos universales, sino modular, estabilizar o reducir síntomas y disfunciones de naturaleza mental, física, cognitiva, conductual, comunicativa- relacional o social, actuando sobre los procesos de regulación del sistema en su conjunto. El medio de intervención es el elemento sonoro-musical, desde sus parámetros más simples hasta sus formas estructurales más complejas, aplicado por un profesional específicamente formado: el musicoterapeuta.
La práctica musico terapéutica implica siempre una justificación terapéutica clara, criterios de inclusión y exclusión, un entorno adecuado, objetivos definidos, técnicas coherentes con modelos teóricos explícitos y procedimientos de evaluación de resultados. Las intervenciones pueden adoptar modalidades activas o basadas en la escucha, y se aplican en contextos preventivos, rehabilitadores y terapéuticos. En todos los casos, la música se concibe como una arquitectura temporal de energía e información, capaz de facilitar procesos de regulación, coherencia y reorganización funcional.
Los desarrollos contemporáneos en el campo han ampliado el espectro de las intervenciones musicales con finalidad terapéutica y rehabilitadora, incorporando enfoques como la escucha terapéutica estructurada, la sonificación o la música algorítmica. Estas modalidades, cuando se apoyan en modelos teóricos sólidos, protocolos de aplicación definidos y objetivos clínicos verificables, pueden considerarse dentro del ámbito de la musicoterapia, aun cuando varíe el tipo de relación terapéutica o el rol específico del musicoterapeuta, que puede incluir funciones de diseño, supervisión y seguimiento más allá de la sesión directa.
En todos estos enfoques, el papel del musicoterapeuta resulta esencial, al requerir una formación que integra conocimientos clínicos, psicológicos, musicales, tecnológicos y específicos de la disciplina. La relación terapéutica, aunque adopte formas diversas, sigue siendo un componente fundamental antes, durante y después de la intervención musical.
La diversidad de contextos, personas y aplicaciones hace necesario que la práctica musico terapéutica avance de forma paralela a la investigación científica, con el fin de establecer guías, criterios compartidos y marcos conceptuales comunes. La estandarización, entendida no como rigidez sino como normalización informada, permite aumentar la
pertinencia, la eficacia y la claridad disciplinar, sin anular la adaptación individual que exige todo enfoque sistémico.
5. LIMITACIONES Y CONSIDERACIONES
Es importante señalar que los efectos de la música sobre la coherencia psicofisiológica no son uniformes ni universales, sino que dependen de múltiples variables individuales, contextuales y metodológicas, incluyendo la historia personal, el estado neurofisiológico, el contexto de aplicación y las características específicas del estímulo musical.
Asimismo, aunque existe evidencia creciente sobre los mecanismos neurofisiológicos implicados, la complejidad de los sistemas biológicos dificulta establecer relaciones causales directas entre estímulos musicales y efectos sistémicos. Muchos de los estudios disponibles presentan heterogeneidad metodológica en términos de diseño, población y medidas utilizadas, lo que limita la generalización de los resultados.
Por otra parte, el modelo teórico propuesto integra conceptos procedentes de distintos campos —termodinámica, teoría de sistemas, neurociencia y procesamiento predictivo—
, lo que implica un nivel de abstracción que requiere ser contrastado mediante investigación empírica específica.
En este sentido, se hace necesario continuar desarrollando estudios que permitan validar, matizar y operacionalizar estos planteamientos en contextos clínicos y experimentales.
6. CONCLUSIONES
La música, entendida como una forma de energía vibratoria que transporta información estructurada en el tiempo, puede actuar como un modulador de la coherencia sistémica en los organismos vivos. Su capacidad para interactuar con las oscilaciones biológicas y generar patrones informacionales predecibles y significativos favorece procesos de sincronización, integración y regulación psicofisiológica.
Desde esta perspectiva, la coherencia no es impuesta desde el exterior, sino que emerge de la interacción entre la estructura musical y la organización interna del sistema, en un proceso dinámico de autoorganización.
El marco propuesto, que integra aportaciones de la teoría de sistemas, la neurociencia y los modelos del cerebro predictivo, permite comprender la música no solo como un estímulo, sino como un modulador complejo de la organización biológica, con potencial aplicación en contextos de salud, regulación emocional y rehabilitación.
TABLAS
T.1 Fundamento neurocientífico del acoplamiento vibración–información en la regulación psicofisiológica
Concepto | Fundamento científico | Referencia (autor, año) |
Vibración (energía acústica) | · Modula sistemas cardiovasculares, respiratorios, motores y emocionales. · Activa redes subcorticales y autonómicas. | Bernardi et al., 2006; Koelsch, 2014 |
Información (estructura significativa) | Reduce la incertidumbre y organiza el sistema mediante procesos predictivos y minimización del error. | Shannon, 1948; Friston, 2010 |
Oscilaciones y sincronización (acoplamiento dinámico) | · El cerebro funciona mediante ritmos. · La coherencia entre estímulos externos e internos favorece regulación y orden sistémico. | Buzsáki, 2006; Thaut, 2005; Porges, 2011 |
Personalización de la información musical | La respuesta musical depende de la historia experiencial, genética, estado psicofísico y modelo predictivo del cerebro. | Levitin, 2006; Clark, 2013; Barrett, 2017 |
T.2 Oscilaciones orgánicas modulables por la música.
Nivel / Sistema | Tipo de oscilación | Subtipos / Procesos implicados | Efecto funcional (síntesis) | Soporte científico (ejemplos) |
Neuronal (molecular– celular) | Potenciales eléctricos y electroquímicos | Potencial de membrana, EPSP, IPSP, potencial de acción, flujos iónicos (Na⁺, K⁺, Ca²⁺, Cl⁻) | Regulación de la excitabilidad neuronal y del disparo | Hodgkin & Huxley (1952); Kandel et al. (2021) |
Neuronal (metabólico) | Potencial metabólico neuronal | Mantenimiento de gradientes iónicos, consumo energético, fatiga neuronal | Sostenimiento del funcionamiento neuronal y plasticidad | Attwell & Laughlin (2001); Harris et al. (2012) |
Sináptico– plástico | Oscilaciones sinápticas y plásticas | Liberación de neurotransmisores, receptores ionotrópicos y metabotrópicos, LTP/LTD, expresión génica |
Aprendizaje, memoria y adaptación funcional | Bliss & Lømo (1973); Malenka & Bear (2004) |
Bioeléctrico estructural | Campos bioeléctricos tisulares | Gradientes eléctricos celulares y tisulares | Organización estructural y regulación funcional | Levin (2014); McCaig et al. (2005) |
Cerebral en red | Oscilaciones neuronales en redes | Interacción excitación– inhibición, sincronización, bucles de retroalimentación |
Integración funcional y coherencia cerebral | Buzsáki & Draguhn (2004); Fries (2015); Sporns (2018) |
Cardíaco |
Oscilaciones cardíacas |
Intervalo R–R, variabilidad de la frecuencia cardíaca (HRV) |
Regulación cardiovascular y emocional | Task Force ESC (1996); Thayer & Lane (2009); Bernardi et al. (2006) |
Respiratorio | Oscilaciones respiratorias | Ritmo y profundidad respiratoria | Acoplamiento cardiorrespiratorio y regulación autonómica | Jerath et al. (2006); Lehrer & Gevirtz (2014) |
Motor | Oscilaciones motoras | Actividad muscular rítmica, control postural, ritmo del movimiento | Coordinación motora y sincronización Sensorimotora | Kelso (1995); Thaut et al. (1999) |
Autonómico | Oscilaciones autonómicas | Balance simpático– parasimpático | Regulación del estrés y homeostasis | Porges (2011); Thayer & Lane (2009) |
Hormonal | Oscilaciones hormonales | Liberación pulsátil de cortisol, melatonina y otras hormonas | Regulación endocrina y ritmos biológicos | Khalfa et al. (2003); Chanda & Levitin (2013) |
BIBLIOGRAFÍA AMPLIADA
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